La casita de Mar de Ajó

A tres meses de no subir nada, hace días me ronda la idea de escribir sobre mi infancia en Mar de Ajó, me parece que algo de mi quedó allí. Esos días transcurridos quedaron grabados a fuego en mi corazón. Atravesé angustias existenciales de adolescente, alegrías inmensas de amaneceres, reuniones familiares, Navidades, juegos de niños, tristezas. Me lanzo a escribirlo directamente en el blog sin red, lo que escriba es lo que vino a mi mente.

Mi abuelo Roque, llegado de Italia escapando de la guerra y sufrimiento se casó después de enviudar con mi abuela Delia. A su primer mujer, la mamá de mi mamá que se llamaba Santa no la llegué a conocer. Tengo tantas cosas para escribir de mis abuelos que estoy pensando en una idea más grande para tanta información y emociones. Mi abuelo vivió en Banfield y cuando yo tendría 1 año se construyó su casita en Mar de Ajó. Aún recuerdo de memoria su número de teléfono. La casa ya tiene otros dueños y a mi sólo que me quedan los recuerdos.

Hace un tiempo pasé por la puerta, fue una movilización tan grande pero a la vez vi que cambió tanto la cuadra que ya no estaba allí la casa de mi abuelo. En su época había al lado un baldío, la calle era de arena (lo sigue siendo), enfrente también había otro terreno vacío. Llegando a la esquina estaba lo de Cárdenas, un hombre grande que ni conocí mucho, pero era Don Cárdenas, cosas que quedan en la memoria.

Mi abuelo se iba a pasar unos meses a la casita y en invierno volvía a Banfield. Eso implicaba transportar pajaritos, gallinas, conejos, jaulas y más. Y siempre conseguía algún buen paisano que venía para Bs. As. y los traía. Escribo esto y me invade una nostalgia y emoción inmensas. Siempre recuerdo a mis abuelos Roque y Delia con mucho amor, a mis otros abuelos, Mateo Y Nely los viví muy poquito porque fallecieron cuando yo era chica.

Un año decidieron quedarse a vivir permanentemente en Mar de Ajó y mi abuelo tuvo que acceder a poner teléfono fijo, ese era el trato. Casi todos los veranos los pasábamos allá, la Av. Jorge Newbery que después de hacía Chiozza, el muelle, los helados de Dolce (mi abuela pedía kinotos al whisky y cerezas a la panna), los fichines que se llamaban “tomar la sopa”, la panadería San Cayetano, el voley en la playa, el falcon de mi viejo, recitales gratis de Patricia Sosa, entre otros, auspiciados por Coto, pelar las habas cosechadas por mi abuelo, verlo tejer sus medio-mundos, el olor a pescado en el lavadero … muchos recuerdos.

A la hora de la siesta nos queríamos matar porque queríamos ir a la playa y teníamos que esperar. Tengo algún recuerdo triste de esos momentos, no sé, quedarme mirando sola la calle, llorar por nada en especial, había algo de ese lugar que me generaba tanta amplitud mental y espiritual que entiendo que con esa edad no lo comprendía. Mi pre-adolescencia y adolescencia estuvieron muy cargadas de emociones confusas, supongo que es parte de la vida.

En Mar de Ajó aprendí a manejar el Renault 9 de mi viejo. A la noche había sapitos por todos lados. Mi abuelo tenía huerta, como contaba, él estuvo en la guerra y pasó mucho hambre así que se autoabastecía de un montón de alimentos. Tenía animales, pescaba en el muelle, hacía sus damajuanas de vino que según mi papá era horrible pero siempre lo acompañaba tomándose una copita. Escribo esto y es como si estuviera allá. También en esa época era común tener pájaros en jaulas. Nunca me simpatizó pero lo naturalizaba. De chiquita alguna vez pensé en abrirle todas las decenas de jaulas que tenía y liberarlos, pero me hubiese ligado un reto gigante, igualmente hoy y con más conocimiento pienso que hubiese sido un error hacerlo. Esos pájaros hacía meses que estaban enjaulados, no tendrían ni fuerzas para volar los pobres y tampoco quizás pertenecían a ese hábitat, por lo que no hubiesen sobrevivido. Un año me acuerdo que cuando volvían a Banfield mi abuela me contó que se habían olvidado un pajarito en el galpón, y yo le pregunté qué le iba a pasar, a lo que me respondió que seguro se moriría de hambre, cosas que te marcan de chico… pobre animal, qué muerte triste habrá tenido.

A la mañana mi abuelo desayunaba y ponía el programa de radio A.M. “Italianísima”, tengo el recuerdo de las canciones y él tejiendo medio-mundos abajo del álamo que a mi papá le daba tanta paz. En la tele, durante las propagandas, rellenaban con imágenes de jeeps andando en caminos pantanosos con una música estilo ancestral. Cosas que quedan en la cabeza. Me encanta bucear y encontrar cada vez más y más recuerdos, como cuando veíamos a Mateyco en la Movida del verano y una vuelta estuvieron los Backstreet boys (creo que fue en ese programa), eran mi grupo preferido y los amaba. Mi abuelo los criticaba a propósito y yo me ponía roja de furia.

Un día, yo tendría 11 o 12 años y le pedí a mi papá que fuéramos a ver el amanecer en el mar, nunca lo había visto. También se prendió en mi hazaña mi abuelo. Aún recuerdo ese momento mágico. Saqué fotos (analógicas, obvio) que están en la casa de mi mamá. Eso quedó grabado en mi retina.

Voy a terminar este texto acá, seguiré otro día viajando por esos pagos. Mi abuelo murió cuando yo tenía 19 años y mi abuela volvío a Bs. As., a los años falleció de cáncer. A mi abuelo le dió un infarto en el muelle, y allí fue que esparcimos sus cenizas. Él se quedó en el mar y en mi corazón. El otro día soñé que estaba en un muelle y creo que él me decía que saltara porque el agua era cristalina y podíamos nadar, pero me daba mucho miedo. El mar siempre me dió miedo.

Recuerdos y reflexiones de un domingo, mientras de fondo canta un grillo.

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